miércoles 12 de agosto de 2009

zapatos afuera



La forma más natural y efectiva de comunicarse eran las señas, las manos, las sonrisas, la expresión del cuerpo y de los rostros.

Eramos unos quince en la pequeña casa de un joven arquitecto que nos recibió en su hogar ubicado en un barrio tradicional de la ciudad de Tokio. Llegamos alegres y escandalosos como todo occidental; habíamos ido hasta ahí con la excusa de compartir una botella de Sake, vino de arroz o mejor dicho "nihonshu".

Pero para ingresar al diminuto espacio interior de la casa, era necesario dejar los zapatos afuera…

Nos instalamos como pudimos sentados en el suelo uno al lado del otro, descalzos, sin perder las carcajadas y las bromas.
De pronto llamó mi atención una de las chicas japonesas, la que tenía la botella de Sake en su mano. Ella, sin dejar de reír con nosotros, se pone de rodillas, abre lentamente el vino, toma un vasito pequeño y sirve con total concentración. Pausadamente vierte aquel líquido sin derramar una gota, con un agradecimiento infinito a la vida por la maravilla que tenía en sus manos, como si fuese la última botella del mundo.

Luego toma el pequeño recipiente con ambas manos y se lo pasa a quien está a su derecha, silenciosamente, con una humildad inmensa.
Quien está a su lado se lo bebe de un sorbo, a lo occidental, donde la abundancia y el exceso son la norma.
Ella toma el vaso vacío sorprendida y aun de rodillas vuelve a servirlo ceremoniosamente. Trata de hacernos entender, sin mediar palabra alguna, que se bebe un traguito, saboreando, disfrutando de ese líquido extraordinario.

La siguiente persona toma el vaso más delicadamente. De a poco el bullicio empieza a bajar el volumen mientras ella nos va llevando a esa ceremonia. Lentamente sin decir palabra, nos va silenciando, tranquilizando con sus suaves movimientos.
Al final logra que uno a uno vaya dándose cuenta del valor de compartir, de la entrega, de la virtud de escuchar, de la tranquilidad, de la importancia vital de agradecer.

Ella hizo el camino, nos llevó despacito. En un momento estábamos todos en silencio, pero perfectamente conectados unos con otros. En Paz. Disfrutando lentamente esa magia, aquel minuto.

Aquella pequeña muchacha, sabiamente supo hacer el camino…

Es que para ingresar al diminuto espacio interior del alma, también es necesario dejar los zapatos afuera…


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7 comentarios:

yonky dijo...

CREO QUE ESTE PUEBLO TIENE MUCHO PARA ENZEÑAR,EN ESTOS PEQUEÑOS DETALLES NOTAMOS SU SABIDURIA.

RAMITO DE CARIÑOS,HOY TULIPANES

Rochitas dijo...

si pudiésemos a pesar de las ciudades enajenadas hacer una ceremonia de cada acto ... y bajar las velocidades abismales, tan solo eso.

Guidaí dijo...

Yonky
Ciertamente que sí...
Gracias por sus tulipanes y su cariño.
Abrazos para vos


Rochitas
Sabes una cosa? Cuando estas ciudades enajenadas (a las que amo) se tragan mi paz interior, cuando me pongo ansiosa, cuando todo me da igual o voy muy de prisa, cierro los ojos y recuerdo ese día, esa sensación...
De esa forma vuelvo a sonreír, vuelvo a valorar cada detalle, cada pequeño milagro...
Besos

yonky dijo...

uno de estos dias publico un post sobre el jardin japones que me imagino conoceras por aqui en el prado,lo tengo escrito hace un tiempo,espera que encuentre el papelito.

hasta prontito

Guidaí dijo...

Yonky
Siii, no solamente lo conozco sino que vivía cerquita de ahí, del Museo Blanes.
Alguna que otra tarde de sol me sentaba en el jardín japonés para sentir el olor de las flores, oir el sonido del agua y escuchar sobre todo lo que el silencio tenía para decirme...
Busque su papelito, jeje.

La Maga dijo...

Excelente diseño de tu blog y variado contenido.

Te invito a mi blog en: http://lamaga-relatos.blogspot.com/

Saludos

Guidaí dijo...

La Maga
Gracias. Pasaré por tu blog.
Saludos.