miércoles 15 de julio de 2009

de buena madera



Esta es la historia de una mesa. De una simple mesa de madera.
Apenas nací ella estaba ahí, en medio de la cocina. Me resultaba inmensa cuando me metía debajo y hurgaba sus secretos, esos detalles que nadie veía. Sus heridas, sus remiendos, sus agujeros, sus distintas capas de pintura.
Mientras yo fui niña ella siempre fue verde. Un hermoso verde. Ella me esperó cada mediodía con la comida caliente, al llegar de la escuela. Escuchó la risa compartida con mis viejos y mi abuela, escuchó mis berrinches y mis “eso no me gusta”. Me contuvo las noches lluviosas de invierno con el calorcito de hogar, algunas veces a la luz de una vela cuando se cortaba la energía eléctrica los días de viento. Y alguna vez también hubo que correrla un poquito para esquivar alguna gotera.
Esa mesa verde me vio hacer las tareas escolares rauda y feliz porque amaba perderme entre letras, números, lápices, dibujos, cuentos, renglones y gomas de borrar.

Con los años quise saber de donde venía y mas allá de algún misterio, ella venía de muy lejos en el tiempo. Era muy sencilla pero de buena madera y había sido “la mesa” de mis bisabuelos en el campo. Cuando mi abuela se vino al pueblo se la trajo y ella seguía ahí, fiel.
Con el transcurrir del tiempo vio la llegada del primer televisor en blanco y negro que orgulloso se plantó delante de ella. Y la usé de piano, de asiento, para espiritismo en el juego de la copa, me vio llegar de mi primera borrachera, conoció a mi primer enamorada, la use de mesa de juego, hasta le bailé encima. Y ella siempre ahí, inmutable.

Después cuando me fui a estudiar a Montevideo alquilamos un apartamento con cinco amigas más y como no teníamos muebles cada una consiguió donde pudo cosas que ya nadie usaba. En ese tiempo también mis viejos se mudaron de casa y ya no necesitaban esa mesa de madera de la abuela. Entonces se me ocurrió llevarme la famosa mesa a Montevideo, pero antes de irse a la ciudad paso por las manos de un carpintero amigo que le hizo un lifting. Le quitó capas y capas de pintura, la desarmó y la armó de nuevo, le curó algunas heridas y así en color madera natural y un poco más chica llegó a la capital, conmigo.

Y ahí estuvo un año en un apartamento, otro año en otro. Siempre a mi lado. Hasta que un día me cansé de todo eso, me volví a mi pueblo y ella regresó conmigo. La acomodé entonces en mi dormitorio, no se ni por qué pero lo hice. Solo quería que estuviera ahí.
Pero mi retorno al hogar duro poco y seis meses después me había ido de nuevo. Esta vez sin la mesa. Ella se quedó en casa de mis padres esperando no se muy bien que cosa. Sobrevivió algunos años, al abandono, a la intemperie, a mi distancia.

Pasó el tiempo y una nueva situación me recordó que podía volver conmigo a la ciudad. Y así lo hice. Una mano de barniz y estaba lista. Hasta creo que pude ver su sonrisa.
De nuevo, un apartamento un año y otro año en otro. Hasta que un buen día la regalé. Le dije a mis amigas que mi iba a vivir con mi pareja a una nueva casa, pero la mesa no tenía lugar. Y ahí se quedó una vez más esperando, esperándome en silencio.
Mucho tiempo después tuve que ir a rescatarla porque ya nadie parecía necesitarla y supuse que no sobreviviría a otro abandono. Me la llevé conmigo una vez más, sin imaginar que en esta oportunidad se quedaría por muchos años a mi lado.

Entonces ella vio horas de amor, de calor de hogar, de risas con amigos, fríos inviernos en que llegar a casa y sentarse a cenar era un momento especial. Me vio tomar cerveza fría en las noches de verano, hablar acaloradamente de política, cambiar el mundo con solo pensarlo y más de una vez me vio sentarme sobre ella a mirar la lluvia por la ventana. Creo que hasta se emocionó conmigo cuando me gradué y entonces se vistió con un hermoso mantel para la fiesta. Me vio soñar, me dijo que tuviera cuidado, me susurro al oído, me dijo que no, me dijo que si. Me vio reír, me vio llorar, me vio vivir…

Un día la miré y comprendí que tenía demasiadas heridas, que ya estaba muy desgastada. Entonces con todo el cariño del mundo, lijamos sus asperezas, quitamos restos de pintura, tapamos pequeñas fisuras, la ajustamos queriendo rescatar lo que se pudiera. Finalmente la pinté, la pinté de negro. Entonces la puse feliz en la sala; se veía linda y elegante.

Poco tiempo después me fui de la casa y conmigo se fueron varias cosas. En esos días de primavera del año pasado, no supe que hacer con aquella simple mesa de madera. Creo que no supe que decirle… Solo la dejé en medio de la sala vacía…


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9 comentarios:

yonky dijo...

Una historia bonita de una simple mesa,llena de sensaciones acumuladas durante tanto tiempo en cada rincon de su estructura.Tanta vida como el arbol que le dio su origen...

NOBLE MADERA,NOBLE Y CALIDA

cariños desde este Montevideo

Rochitas dijo...

otro capítulo que invita al curso del desapego. Que dificil.
La memoria es la que juega las malas pasadas, podemos soltar y seguir recordando como en este caso en que supo ponerle tanta poesía a esa mesa que yo sigo viendo verde.

Guidaí dijo...

Yonky
Sí. Era una simple mesa y hasta parece una tontera escribir de ella. Pero era una noble madera y sobretodo supo cobijar un montón de sensaciones a lo largo de mi vida.
Sabes, yo se que los objetos son objetos, hoy están y mañana no. De hecho me gusta vivir con pocas cosas materiales, pero cada una de ellas tiene el valor de acompañar mi paso por este mundo. Las disfruto, las vivo.
Cariños para vos, desde Santiago hasta mi querido Montevideo.


Rochitas
Jeje, tiene razón "otro capítulo que invita al curso del desapego". Me doy cuenta que eso ha sido una constante en mis últimos tiempos... desapego, dejar ir, soltar, dejar atrás...
Supongo que ya vendrán otros tiempos donde la memoria y los recuerdos solo sean eso, simples retazos de los que se componen nuestras vidas.
Abrazos para usted

fiorella dijo...

Me encantó...Un beso

Guidaí dijo...

Fio
Que bueno, me alegro que te guste.
Otro beso para vos y estoy esperando la carpetita que ya está en camino, jeje.

blogdeathenea dijo...

Le diré que se me hizo un nudito en la garganta con este post. Tal vez por la manera suya de contar esa historia. Tal vez porque su mesa y usted tuvieron por tiempos, vidas paralelas. No lo sé. Pero sería lindo que ella y usted se reencontraran en el futuro. Un abrazo enorme, Athenea.

Guidaí dijo...

Athe
Reconozco que tal vez lo interesante aquí sea la manera de contar la historia.
Creo yo que es "como muy mia" y que a mas de uno le puede resultar graciosa o hasta ridícula. Pero me nació hacerlo, así tal cual.

Admito que si bien tiene un final abierto en ningun momento pensé en un reencuentro con ella.
Usted me dejó pensando...
Hoy día ni siquiera sé con certeza donde está la mesa...
Un beso grande.

Yopi dijo...

La mesa te sigue siendo fiel, acompañada de cuatro coloridas sillas conversan diariamente sobre tí. Imaginan el día que pasaras por tu ciudad e irás a tomar una cerveza acodada sobre ella.
Bso.

Guidaí dijo...

Yopi
Me emocionaste. No sé ni que decir...
Gracias por contarme donde está, me gusto saber de la fidelidad de la mesa aun hoy. Me dieron ganas de ir a "mi querida ciudad" y tomarme una cerveza bien fría en una noche de verano.
Quien sabe? Tal vez el próximo verano... Si, eso. Me voy a imaginar eso porque parece que vos y Athe tienen razón, que "esta historia de la mesa, de una simple mesa de madera" aun no termina...
Un abrazo grandote